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Creo sinceramente y sin miedo a equivocarme que todas las personas somos proclives a algo.
Unas personas rompen vasos, otras platos o figuras de porcelana. Hay gentes que se queman al cocinar...en fin, estoy segura que mientras estáis leyendo estas líneas decís...si, si, a mí me pasa, soy proclive a esto o lo otro.
La que subscribe, es propensa a las caídas.
No recuerdo cuando fue mi primera caída, debía ser muy niña porque todavía llevaba el aparato ortopédico, diré entonces que no tendría más de 6 años.
Luego ya fueron algo cotidiano, un devenir.
En verano, cuando era niña y estaba de vacaciones escolares, mis padres me llevaban al Parque del Retiro. Íbamos todos, los siete que éramos de familia. En el Retiro alquilaban bicicletas y mis padres con un gran esfuerzo para la economía familiar, alquilaban una o dos para enseñarnos a montarlas. Eran unas enormes bicicletas. Había también triciclos; exclusivamente para que los principiantes fuésemos perdiendo el miedo a manejar los dichosos artilugios.
Ni que decir tiene que jamás aprendí a montar en bici. Primero fui un tiempo prudencial en triciclo, posteriormente en bicicleta que mi padre iba sujetando por el sillín. En el momento que mi padre decía “¡ánimo hija!, vas muy bien y además no te llevo sujeta”; irremediablemente volvía la cabeza hacía atrás y me daba una hostia garrafal. La última fue tan fuerte (contra un árbol) que ya cogí miedo a montar en bicicleta y no volví a intentar aprender. Si no recuerdo mal, de los cinco hermanos las únicas que no aprendimos fuimos mi hermana mayor y yo.
Son tantas y tantas caídas las que he tenido que intentaré narraros las más llamativas y dolorosas.
Cuando en España empezó la democracia y el derecho a voto, las calles del país se llenaron de carteles. Había más propaganda electoral en el suelo que en las paredes. Un día de lluvia al bajar del autobús en la parada de Atocha con Paseo del Prado pisé un cartel y me di un golpe de órdago, recorrí patinando muchos metros y la gente que me quería ayudar no veía forma de sujetarme, lógicamente esto fue debido a la mezcla del agua de lluvia y el pegamento del cartel de marras. Tuve un moratón en el muslo derecho y su nalga correspondiente durante semanas.
Estando Ángel en la “mili” me llamó para decirme que le daban un permiso, era la primera vez que nos íbamos a ver en meses, decidí darle una sorpresa e ir a buscarle a Plaza de Castilla el día de su vuelta, por supuesto di por hecho que venía en metro, además según el horario sería el último. Era un día de verano, salí rauda y veloz hacia el metro, la noche calurosa madrileña me acompañaba. Bajé a toda leche las escaleras porque sonaba el silbato de aviso de la partida del último metro. Si le perdía ya no le podía dar la sorpresa a mi chico. Tuve la mala suerte de tropezarme con mis propios pies, no sé cual con cual, el caso es que bajé rodando hasta el final y dejando en el camino zapatos y bolso. Muchas personas bajaban precipitadamente la escalera, pero no se pararon a socorrerme porque ellos también perdían el último convoy. Por supuesto perdí el metro pero encontré los zapatos y el bolso desperdigados por diferentes escalones. Me ayudaron sin embargo las personas que salían hacia la calle, me levantaron, me preguntaron si me dolía algo, me calzaron los zapatos y yo no sabía donde esconderme; lloré pero no fue de dolor, aunque lo tenía, fue de rabia por perder el último metro, vergüenza y humillación. Subí como pude las escaleras, salí a la calle y regresé a casa. No hubiese podido sorprender a Ángel porque le acercaron en coche, cuando llegué él ya estaba allí esperándome, se me quitaron todos los dolores.
Otra caída tremenda aconteció cuando iba con Ángel y una amiga común a ver una Feria de Muestras, me resbalé no sé con que, mi amiga me cogió de un brazo para evitar mi caída, me agarró de la manga de mi chaquetón de cuero con tal fuerza que se quedó con la manga en la mano y yo me fui al suelo. Obviamente la gente me miraba, ahí iba yo, monísima de la muerte, pero sin la manga derecha de mi chaquetón jajajaja. Tuve dolor en el coxis (cóccix para los eruditos) durante un mes más o menos.
He tenido muchas más, como os he dicho es un condicionante en mi vida. Haré una mención aparte a una de las últimas y quizás la más grave.
Salí una noche de juerga a cenar y copear con mis amigos, Ángel no pudo venir tenía otro compromiso. Una amiga me llevó en coche a casa, la dije que me dejase en una calle cercana para evitarla que diese un gran rodeo, mi calle era prohibida y a mi me separaba de mi portal una empinada cuesta. Misteriosamente una vez más mis pies se descontrolaron y terminé con mis huesos y mis carnes en el suelo. Al ser cuesta abajo, una especie de fuerza centrífuga se apoderó de mi y fui a parar con la cara en un coche, reboté y me golpeé un brazo con la acera y allí quedé tumbada. Pasado el primer susto pude controlar los temblores, me senté en la acera y me palpé en busca de posibles daños. Sangraba profusamente por la boca y me dolía todo el cuerpo, sobretodo el hombro derecho.
Subí a casa, me lavé como pude y me puse agua oxigenada en la boca, metí en agua fría una blusa blanca manchada de sangre, me sujete con la otra mano el brazo y sin terminar de desvestirme me metí en la cama. Eran las 5:00 de la madrugada y no quería despertar a Ángel que tiene un dormir profundo y no se enteró de nada.
A las 10:00 de la mañana y sin haber podido pegar ojo le llamé y nos fuimos a urgencias.
Diagnóstico: Hombro derecho fuera de su sitio. Rodilla derecha contusionada. Rotura de un diente (por eso me sangraba la boca) y etc... os ahorro pormenores.
El hombro me lo colocaron en urgencias sin anestesia siquiera, debieron pensar, como la duele que aguante un poco más. Posteriormente hice rehabilitación durante muchos meses para recuperar fuerza y movilidad y terminé dopada con tanto beber las ampollas de nolotil...estás asquerosas.
La odisea del diente es otro cantar. En urgencias no me miraron la boca, aunque llevaba hinchados los morros me dijeron que era efecto del golpe. La realidad es que tuve parte del diente clavado en el labio superior un mes y por más que yo me quejaba en casa (caso omiso) en el médico (caso omiso) de que yo tenía el diente clavado, me contestaban que no era posible, que lo habría escupido con la sangre sin darme cuenta. Ya un día en consulta me puse pesada, mi médico palpó y efectivamente notó algo extraño, me mandó al odontólogo, me hicieron unas radiografías y vieron el diente clavado en todo su esplendor en mi labio superior. Ese mismo día y en la propia consulta del dentista me lo quitaron.
En fin estas son partes de mis aventuras de andar por los suelos. ¿Qué queréis que os diga? Será que me mola jajajaja
Ángel siempre dice que no me caigo, que parece que me tiran jajajaja
N. Angulo
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