EN ESTA TIERRA CUCA (SEGUNDA PARTE Y FINAL)
A los 11 años ya sabía lo que significaba labrar la tierra, limpiar y preparar los arrozales, o sea trabajar de sol a sol para ganarse la comida, él quería manducar.
En los tres años que duró la guerra no supo nada de su padre ni sus hermanos, enfermó de tifus que le tuvo postrado en el camastro un tiempo, tuvo piojos pese a que se higienizaba, pero dormía en un palomar, jamás compartió la casa con la familia. En esos años apenas vio a los amos de la Masía, pero a veces les veía montando a caballo en la lejanía mientras él estaba en los arrozales, se alimentó de arroz y naranjas, de vez en cuando un extra, conejo.
Allí en ese pequeño pueblo valenciano poco o nada supo de la guerra, de vez en cuando oía murmurar a los mayores que enseguida cerraban la boca cuando le veían llegar.
Un día tal como llegó a Algemesí se fue. Cuca, que así se llamaba la mujer le preparó un poco de pan y unas naranjas y comenzó el viaje de vuelta que fue una copia exacta del que hizo tres años antes, pero al revés.

Al bajar del tren en la estación de Atocha le esperaba una grata sorpresa, ahí estaba su padre, muy envejecido y no muy bien vestido, le embargó una tristeza infinita ya que su padre siempre fue muy mirado en el vestir, muy elegante; corrió hacia él para abrazarle y de repente vio como unos hombres vestidos de paisano le cortaban el paso y esposaban a su padre, luego supo que eran miembros de la Brigada Político-Social y acusaban a su padre de ser rojo, a partir de ese día su padre estuvo saliendo y entrando continuamente de la cárcel y él apenas supo de su existencia, tampoco olvidó nunca el dolor de ese día ni entendió el proceder de esos desalmados adultos que impidieron que abrazase a su padre y le abandonaron a su suerte en la estación de Atocha con apenas 13 años recién cumplidos.
Trabajosamente abandonó la estación de Atocha al cabo de unas horas, cuando se calmó un poco. Conocía al dedillo el barrio así es que enfiló la calle de Atocha hacia arriba y se encaminó a casa de su tía, en la suya no había nadie ni tenía llaves para entrar. Su tía le recibió con mala cara, dijo que se tendría que apañar como pudiese y le preparó un camastro en un rincón del comedor, al rato sintió un beso en la espalda y al volverse se encontró con su hermana pequeña a la que abrazó con ternura, estaba muy guapa y cambiada. Preguntó por su hermano y su otra hermana, nadie sabía nada de ellos. No les volvió a ver hasta muchos años después cuando ya era un hombre.
Trabajó duro puesto que el taller perteneciente a su padre ya no existía y en muchos oficios hasta que terminó de camarero, aprendió a hacer cuentas de memoria, a convertir pesetas en reales a la velocidad del rayo. En tiempos de la post guerra seguía escaseando el alimento en las ciudades así es que supo lo que era acostarse día tras día sin comer apenas y todas las noches sin cenar.
En el silencio de la noche oía pasos que trasegaban hacia la cocina y luego supo que su tía, el poco alimento que tenía, se lo daba a escondidas a su marido y sus hijos, pero nada a él y su hermana y eso que trabajaban de sol a sol, su hermana limpiando y él de camarero. Un día cansado de esa falta de humanidad habló con tu tía y la dijo que; o tenía todos los días un plato de comida en la mesa para su hermana y él, o dejaban de entregar el salario y se marchaban, a partir de ese día comieron con la familia y la misma cantidad.
Con los años aprendió el significado de “paseíllo”, la mayoría de las veces debido a denuncias falsas movidas por la envidia y el rencor de infames parientes o amigos.
Supo lo que era adquirir alimentos de estraperlo y trabajó, trabajó incansablemente.
Tuvo noticias de sus hermanos, una trabajaba de doncella en una “buena casa” de Barcelona y otro como ayudante de electricista. No tuvieron muchas oportunidades de verse.
Se crió sin saber lo que era el amor fraternal y tampoco vio mucho a su padre, cuando salía de la cárcel se gastaba el poco dinero que ganaba de sastre en el juego, cada vez se mermaba más físicamente y no pudieron demostrar que fuese “rojo” por eso entraba y salía de la cárcel continuamente.
Aprendió no obstante una lección que no olvidaría en su vida y era, que no había nada de cierto en la frase que le repetían una y otra vez en Algemesí como una letanía: “En esta tierra cuca quien no trabaja no manduca”, muchos personas no trabajaban y no les faltaba el alimento en casa, así supo de las diferencias sociales.
N. Angulo
