LA EDAD DE MI INOCENCIA

El día que le conocí, mi mejor amiga y yo como casi todas las mañanas de verano, íbamos subiendo el Paseo de Carlos III hacia El Retiro amparándonos en las sombras que daban los árboles del Botánico.
Ese día oímos un silbido, pero no volvimos la cabeza, menudas éramos, dos adolescentes acostumbradas a los silbidos. Nos pusimos algo tensas y aceleramos el paso porque a veces un silbido precedía a tener que salir por piernas y sálvese quien pueda, solía tratarse de alguna alguna pandilla de “tocones”, así es que no era la primera vez que era un aviso para echar a correr.
Volvimos a oír otro silbido, esta vez mi amiga se volvió porque sonaba más cerca, me dio un codazo en la cintura y me dijo – no veo ninguna panda, solo un chico muy guapo con un niño. Miré disimuladamente por encima del hombro y le vi, era alto, un poco desgarbado al andar y tenía una cara maravillosa, unos ojos color miel que me dejaron sin aliento, estaba mirando de reojo al que sería mi primer amor.
Se puso a la par que nosotras pero a mi lado, entre medias estaba el niño, era su hermano pequeño, tenía dos años y no hablaba sino era para decir palabrotas, ¿curioso, no?.
- Me llamo Paco.
- Igual que uno de mis hermanos y mi padre – contesté altanera sin mirarle.
En fin, se vino con nosotras al retiro y no paró de hablar, entre otras cosas nos contó que eran 4 hermanos, todos varones y el pequeño solo aprendía a decir palabrotas y que no sabía decir tan siquiera papá o mamá. Yo continuaba caminando a su lado muy digna y sin mirarle apenas (solo de reojo), su hermano me dio la mano, nunca supe si fue cosa del crío o que actúo aleccionado por Paco, el caso es que continuamos la mañana juntos solamente separados por el niño.
Hablando y hablando resultó que el vivía en la calle del Olivar y yo en la calle del Olmo, o sea, éramos vecinos.
A partir de ese día y durante siete meses fuimos inseparables. Mi madre no daba crédito, porque yo bajaba los cinco pisos que me separan de la calle a por los “recados” de última hora y sin protestar. Sino había que bajar a la calle me inventaba una excusa para hacerlo, el caso era vernos por la mañana, a mediodía o por la tarde, cuando algún otro hermano se ofrecía para bajar a la calle, yo me adelantaba toda dispuesta y voluntariosa con el consabido mosqueo del resto de la familia y no solo de mi madre.
Quedábamos en la esquina de la calle Ave María, delante de la taberna Alfaro y allí se detenía el tiempo mientras nos mirábamos a los ojos.
Siempre me pareció que Paco se parecía a Gregory Peck y yo para él era Ava Gardner jajajaja, lo que hace el amor.
Con él supe lo que eran las primeras palpitaciones, pasar horas pensando en otra persona y en qué te ibas a poner para gustarle más y más, temblor de piernas, sudoración en las manos y la desgana diaria de separarte de alguien.
Fue el primero en enlazar mi cintura o descansar su brazo en mi hombro, pero lo que más nos gustaba era ir de la mano. La gente se volvía a mirar con mala cara, incluso alguna vez nos increparon jajajaja…no estábamos precisamente en Paris, sino en Madrid bajo una dictadura.
También tuve el honor de oír las primeras palabras sin ser malsonantes que dijo Nacho, así se llamaba el niño, Paco decía que era mi influencia porque le gustaba oírme hablar.
Un día después de unos siete meses aproximadamente saliendo, de muchos besos en las mejillas e intentos y ruegos por parte de él de besarme los labios accedí para darnos nuestro primer beso de adultos. Estábamos sentados en la Plaza de la Lealtad, ya era de noche, en invierno anochecía pronto. Curiosamente lo que recuerdo de manera más vivida es el momento anterior al beso, muchos nervios, temblores y no de frío precisamente, éramos dos críos, pero del beso en sí guardo pocos recuerdos, quizá que me apretó mucho la boca y me torció la cabeza hacía atrás hasta sentir molestia; debió de ser muy decepcionante porque a partir del día siguiente comenzamos a poner excusas para no quedar, no recuerdo si era él o era yo, pero el caso es que empezamos a distanciarnos hasta que dejamos de vernos.
Años más tarde supe que había dejado embarazada a una chica y se habían tenido que casar.
Como dato curioso diré que nuestras madres se conocieron y entablaron amistad y que ambas estaban de acuerdo al decir que yo fui el gran y verdadero amor de su hijo.
Quizá no me supo besar.
Ese beso fue, posiblemente, el final de la edad de mi inocencia.
N. Angulo
