CUENTOS VERANIEGOS (II)
La miro y todavía me sorprende lo hermosa que sigue siendo.
Aún conserva esos bellos ojos de mirada ambarina, serena, reidores y soñadores las más de las veces, tristes ocasionalmente, pero siempre maravillosos.
Nos estamos preparando para dar nuestro paseo diario, tantos y tantos años siguiendo el mismo ritual, pero no nos cansamos ni nos aburrimos, nadie se cansa ni aburre cuando disfruta.
Hemos envejecido juntos, porque sí, ella está vieja, es una encantadora anciana y yo también, también estoy viejo y achacoso.
Antes íbamos más lejos, pero desde que inauguraron un parque al lado de casa no necesitamos caminar tanto.
En el parque se está muy bien, hay árboles frondosos que nos resguardan del sol en verano y nos protegen con su sombra del calor asfixiante que nos envían los rayos solares.
Paseamos un poco, uno al lado del otro y cuando queremos nos sentamos en un banco, en verano como digo, buscando las sombras que dan los árboles, ahora es verano.
En invierno solo paseamos y enseguida a casa, a no ser que sea un día soleado, entonces sí que nos sentamos un rato, bien abrigados bajo los tenues rayos de sol y estamos a gusto y felices.
Hoy la miro y la noto más cansada de lo habitual, incluso está algo pálida, lleva un andar lento y oigo su respiración más de lo normal. Busco su mirada y nos dirigimos a nuestro banco, a veces está ocupado, pero cuando nos ven llegar se levantan y se marchan, algunas personas por cortesía esperan unos instantes, otras sin embargo lo hacen en el momentos que ella toma asiento, como si fuésemos apestados, como si la vejez fuese contagiosa; mejor, estamos mejor solos.
Nos acomodamos en nuestro banco y observamos a la gente pasear, a los niños jugar, corretear incansables y allá al fondo muchos señores jugando a la petanca, oímos sus risas y a veces se enfadan, pero normalmente ríen y se lo pasan genial.
Ella se ha dormido, su cabeza se inclina levemente hacia la derecha, bien, la dejaré dormir, se la ve cansada, seguro que ha dormido mal esta noche y lo necesita.
Me empiezo a preocupar, ya lleva mucho tiempo dormida, pero lo extraño además es que no cambia la postura de la cabeza, luego le dolerá el cuello. Con mucho mimo la toco la pierna con mi pata derecha y la doy también con el hocico, pero nada, no se mueve. Me enfurezco y comienzo a gruñir, quiero llamar la atención de las personas que están cerca, pero al oír mis gruñidos no se acercan. Dejo de gruñir y empiezo a lamer la mano de mi ama y ella no reacciona, ahora salen gemidos de mi garganta, mi ama huele raro, bueno, huele como siempre, pero se mezcla con un olor nuevo que me asusta, no me gusta. Con mis dientes agarro su falda y tiro de ella, ella se cae del banco, debe ser que he tirado fuerte, a veces no controlo mis fuerzas, soy viejo, pero fuerte todavía.
¡Por fin! Parece que alguien se acerca. Yo sigo gimiendo sin parar, no puedo remediarlo, tengo miedo y pena. Entre dos humanos la levantan y uno de ellos la toma de la muñeca y dice “no hay pulso”. ¿Qué significa eso, qué quiere decir? El otro me acaricia el hocico, pero yo estoy triste y furioso y hago un amago de morderle, quiero que me dejen en paz. El que tocó su muñeca está al teléfono, pide una ambulancia. Yo tengo la cabeza apoyada en las faldas de mi ama y no paro de lamer sus manos, sus dulces manos, también la doy golpes suaves con una de mis patas delanteras, quiero que despierte, quiero irme a casa y comer y tumbarme a su lado a ver la televisión y dormir, porque al final los dos nos dormimos viendo la televisión.
Llega la ambulancia y yo sigo la camilla, no me dejan subir y empiezo a ladrar e intento morder a todos, estoy furioso, ella es mi ama, quiero estar con ella. El hombre que me acarició el hocico lo intenta de nuevo, le dejo, huele bien, parece un humano bueno, mientras me acaricia habla con los de la ambulancia, pregunta dónde llevan a mi ama y dicen que al depósito, está muerta. ¿Eso qué es? Quiero a mi ama, quiero a la mujer.
Estoy triste, enfermo, ya sé lo que significa la muerte, te vas para siempre, ya no vives más y yo me estoy muriendo, lo sé.
Hace tres días que mi ama se fue, yo perseguí incansable a la ambulancia, cuando perdía su rastro lo volvía a encontrar porque me conducía el dulce olor de ella. No me dejaron entrar al edificio donde la llevaron pero me quedé fuera tumbado, esperando, aguardando. Más tarde, no sé cuanto más tarde, volví a seguir el rastro de mi ama, su conocido olor, pero ya no la vi.
Esté en un lugar hermoso, con árboles, a ella la gustaría si pudiese verlo, muchas personas que olían bien la acompañaron a este lugar y pusieron muchas flores, muy olorosas, yo lo miraba todo de lejos, no me permiten acercarme, incluso intentaron cogerme varias veces, pero aunque soy viejo todavía doy buenas carreras.
Es de noche, de día vago por este lugar, pero de noche, al amparo de las sombras me tumbo al lado de las flores y estoy con mi ama, siento como se me escapa la vida porque no he comido ni bebido nada desde que ella me dejó. Al principio estaba furioso porque me dolía la tripa y tenía sed, ahora me da igual, quiero irme con mi ama.
Por fin me voy, que paz.
N. Angulo


cónoceme si te atreves dijo
QUE BONITA HISTORIA
VISITAME SI TE ATREVES
16 Julio 2011 | 10:01 PM