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La Coctelera

n-angulo

5 Octubre 2011

LOS SERENOS

Hoy quiero rendir un pequeño homenaje a los serenos, hombres que jugaron un papel muy importante durante muchos años en las noches españolas; una profesión que desapareció hace mucho tiempo, tanto que las generaciones más recientes no llegaron a conocer y en algunos casos hasta ignoraban su existencia.

Aquí dejo mi homenaje, aquí hablaré de ellos, en concreto de "mi sereno".

Cuando era pequeña y en las pocas salidas nocturnas que hacía, siempre con mis padres por supuesto, les veía y oía, invadían las calles de Madrid y sus tabernas.

Figuras masculinas, vestidas austeramente de gris con unos manojos de llaves, una vara larga para encender farolas y un “pito” colgando de su cuello. Antes de verles les precedía el tintineo de las llaves, el sonido del silbato y el repiqueteo de la vara sobre los adoquinados suelos del viejo Madrid, luego un poco más tarde oías sus pasos, carraspeos y su voz gritando – “voy, ya voy”-, en demanda al grito de ¡¡SERENOOOOO!!!

En esos tiempos y los anteriores, las gentes no tenían llaves de los portales o solo existía una por familia con lo cual teníamos que acudir a la llamada del sereno para entrar en nuestras casas.

Los serenos no se limitaban a abrir nuestras puertas, también evitaban rapiñas o robos mayores, controlaban la delincuencia, ya que los "chorizos" salían corriendo al oírles. Sin ir armados tan siquiera, el sereno era una figura que se hacía respetar y en algunos casos temer.

Mi sereno, el de mi barrio, se llamaba Jesús, la primera vez que le vi me pareció un coloso, era grandote o eso me parecía bajo la perspectiva de mi estatura infantil, tenía el pelo cano y una nariz prominente, venosa y roja. Posteriormente en mi adolescencia ya no me pareció tan imponente, pero en mis recuerdos infantiles ahí está su figura grande y robusta.

Recuerdo también su olor, mezcla de jabón y de sudor en verano, alcohol en invierno, generalizo con la palabra alcohol porque no sabía lo que bebía, pero en las largas y crudas noches invernales de Madrid se metía algún "chispacito" que otro para su coleto, por supuesto lo suficiente para calentar el cuerpo, pero no para perder la compostura ante los vecinos demandantes de sus servicios.

Era un señor muy serio, pero para los niños siempre reservaba una sonrisa o una caricia en el pelo y alguna vez un caramelo, -¿qué se dice Nieves?- decía mi madre.

-Gracias Sr. Jesús- contestaba yo.

Los años fueron pasando y de la infancia pasé a la adolescencia y de ella a la juventud y con esos años también pasó Jesús, mi sereno. Ya no me acariciaba el pelo ni me daba caramelos, tampoco me sonreía porque se reservaba para los niños, pero si me regañaba de vez en cuando; -"muy tarde llegamos hoy jovencita, cualquier día tenderemos un disgusto"- me increpaba como un segundo padre.

Y desaparecieron, dejé de ver a los serenos, dejé de ver a Jesús.

Parece mentira que una persona que me acompañó durante parte de mi vida fuese tan anónima para mi. Nunca supe si estaba casado, si tenía hijos, dónde vivía y menos que fue de él, solo sé que su figura me hizo compañía en noches lluviosas, calurosas, ruidosas de las calles del viejo Madrid.

Y no siendo una persona de añoranzas si que de vez en cuando me gustaría volver a oír los tintineos de llaves, los silbatos y las voces gritando ¡ VOY, YA VOY!!, contestando al reclamo de ¡SERENOOOOO!.

N. Angulo

Tags: homenaje, serenos

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