MARQUES DE SADE (XI)
La compañía de teatro tuvo tal éxito que traspaso las puertas del manicomio haciendo que algunos actores profesionales se implicaran. Madame Saint-Aubin, estrella de la Ópera Comique de París participó como actriz en algunas de las obras e invitó a sus amistades de la alta sociedad para que acudiesen al manicomio a ver las representaciones, dado que el éxito continuaba empezó a organizar cenas en las instalaciones de Charenton a las que acudía el mismo Sade.
Existe un documento escrito por Armand de Rochefort un autor de vodeviles de bastante renombre que narra al detalle un acontecimiento ocurrido en una de estas cenas.
“Me habló varias veces, con tal brío y tal agudeza que me pareció de lo más agradable. Cuando me levanté de la mesa, pregunté al comensal del otro lado quién era aquel hombre tan afable. Al oír ese nombre, huí de él con tanto pavor como si acabara de morderme la serpiente más venenosa. Sabía que ese desventurado viejo era el autor de una espantosa novela en la que todos los delirios criminales se presentaban bajo la apariencia del amor”.
Pero todo no podía ser bueno, las representaciones motivaron envidias y denuncias, algunas de ellas del médico jefe del establecimiento, Royer-Collard; ésta la dirigió al Ministro General de Policía:
“Existe en Charenton un hombre al que su audaz inmoralidad ha tornado, por desgracia, demasiado célebre y cuya presencia en este hospicio acarrea los más graves inconvenientes: deseo hablar del autor de la infame novela Justine. El señor de Sade goza de una libertad excesiva. Puede comunicarse con otros enfermos de uno y otro sexo, a unos les predica su horrible doctrina, a otros les presta libros. En la casa se dice que vive en compañía de una mujer que hace pasar por su hija, pero esto no es todo. Se ha cometido la imprudencia de formar una compañía de teatro con el pretexto de hacer representar comedias por los internos, sin reflexionar sobre los funestos efectos que tal alboroto debe causar necesariamente en sus imaginaciones. Él es quien indica las piezas, distribuye los papeles y dirige los ensayos. Pienso que no es necesario subrayarle a Vuestra Excelencia el escándalo de tales actividades ni describirle los peligros de todo tipo que implican”.
A primeros de mayo de 1813 se suspendieron las representaciones por decreto ministerial.
En 1814, entró a formar parte del personal de Charenton un estudiante de medicina, J. L. Ramón, que se mantuvo muy cercano a Sade y así lo hizo saber en este documento que escribió en el último año de vida de Donatien:
“Le encontraba a menudo paseando solo, con pasos lentos y pesados, vestido con negligencia. Nunca le sorprendí hablando con nadie. Al pasar por su lado le saludaba y él respondía a mi saludo con esa cortesía glacial que hace desechar cualquier idea de entablar conversación. Nunca habría sospechado que era el autor de Justine y de Juliette; el único efecto que producía en mí era el de un anciano gentilhombre altanero y taciturno”.
El día 2 de diciembre de 1814 murió Donatien Alphonse Francois, más conocido como el Marqués de Sade, después de pasar veintisiete años de su vida en la cárcel. En los últimos días de vida fue atendido por el estudiante J.L. Ramón y cuando le quedaban unas pocas horas para morir le visitó su hijo Claude-Armand. Lamentablemente no pudo despedirse de Constance por encontrarse ésta fuera de Charenton en esos momentos de viaje en París para realizar unas compras.
Donatien redactó y guardó en un sobre lacrado su testamento, declarando heredera universal de sus escasos bienes a Constance y escribiendo estas palabras de agradecimiento: “Deseo expresar a esta dama mi extrema gratitud por la dedicación y sincera amistad que me prodigó desde el 25 de agosto de 1790 hasta el día de mi muerte”
En dicho testamento declaraba sus últimas voluntades es estos términos:
“Prohíbo absolutamente que mi cuerpo sea abierto bajo ningún pretexto. Se enviará un recado urgente a Monsieur Le Normand, para rogarle que venga él mismo, seguido de una carreta, a buscar mi cuerpo para transportarlo bajo su escolta en la susodicha carreta al bosque de mi tierra de la Malmaison, comuna de Émancé, cerca de Épernon, donde quiero que se entierre sin ninguna especie de ceremonia en el primer soto que se encuentra a la derecha del susodicho bosque, entrando por el lado del antiguo castillo, por la gran avenida que lo divide. La fosa practicada en este bosque será cavada por el granjero de la Malmaison, bajo la inspección de Monsieur Le Normand, que no abandonará mi cuerpo hasta después de haberlo colocado en la susodicha fosa; si quiere, podrá hacerse acompañar en esta ceremonia por aquellos de mis parientes o amigos que, sin ninguna especie de aparato, hayan querido darme esta última muestra de afecto. Una vez recubierta la fosa, será sembrada de bellotas a fin de que el terreno y el soto vuelvan a encontrarse tupidos como eran antes y las huellas de mi tumba desaparezcan de la superficie de la tierra, como espero que se borre mi memoria de la mente de los hombres, excepto un pequeño número de los que han querido amarme hasta el último momento y de los cuales me llevo a la tumba un recuerdo muy dulce."
Por desgracia no se respetaron sus últimas voluntades ya que su hijo Armand hizo caso omiso de éstas; mandó enterrar a su padre en Charenton, además de dedicarle una ceremonia religiosa. Por más que Constance suplicó, no consiguió nada, aparte del desprecio por parte de la familia del Marqués.
El cráneo de Donatien fue exhumado para realizar con él estudios frenológicos.
Su hijo Armand ordenó quemar todos los manuscritos inéditos de Sade, incluida una obra compuesta de varios volúmenes.
N. Angulo
